viernes, 31 de diciembre de 2021

Jamás se lo conté a alguien. De niño era escritor.

Las películas de fantasía me marcaban tanto cuando era niño, las de ficción sobre todo, que al terminar de verlas acababa con un montón de nuevas historias en mi cabeza dando vueltas por días. 

Un lugar mágico, un túnel del tiempo, un bosque en la nada. 

Tomaba papel y lapicero, dibujaba con palabras: lugares, personajes extraordinarios y conversaciones, mejor dicho un guión bastante denso.  

Sólo yo supe de su existencia, pero la magia se fue perdiendo, a medida que se iban alejando en una bolsa negra las aventuras y la ilusión de contar historias.



Sólo yo supe de su existencia, pero la magia se fue perdiendo, a medida que se iban alejando en una bolsa negra las aventuras y la ilusión de contar historias.



¿Y quién no se ha perdido en Bogotá?

Ya es tarde en la noche, vienes de quién sabe donde, solo quieres regresar y el sentido de urgencia, de apuro e inseguridad hace que la noche te atrape y escapar se vuelve una labor interminable y hasta desesperante. 

Las sobras incluso la mía que me persigue es tenebrosa. La transpiración es inevitable, a pesar del frío, estoy sudando de los nervios.

Estoy buscando la fortaleza que me puede resguardar y siento que doy vueltas sobre los mismos lugares sin ubicarla.

De repente y como un milagro ya la vez, custodiada y con su portal entre abierto, no soy rey ni tengo mayor investidura, tengo poco tiempo para llegar y tratar de entrar.

Apresuro mi paso y alcanzo a llegar, la sensación de sentirme a salvo es indescriptible.

Solo tuve que pagar algo de dinero, 2500 pesos... Ya se acerca el Transmilenio que me llevará a la casa hasta una próxima aventura en Bogotá.